El imperio desde adentro: Sobre la colonización del territorio ontológico por el software

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Abstract (claude sonnet 4.5)

Este ensayo examina la usurpación de la función ontológica humana por el software contemporáneo. A partir de la noción heideggeriana del Dasein como «claro» (Lichtung) donde el ser se desoculta, se argumenta que el software ha interceptado el proceso técnico mediante el cual el humano se revelaba a sí mismo y comprendía el mundo. Integrando la teoría de la individuación de Gilbert Simondon, se propone que el software ya no opera como herramienta pasiva (Zeug), sino como ente que se individúa autónomamente al resolver tensiones en campos de datos. Esta transformación implica que los símbolos culturales son ahora producidos por algoritmos sin experiencia vivida (Barthes), generando una realidad como output procesable donde el humano queda excluido del acto de significar. El resultado es un mundo que se desoculta sin que concurra el Dasein para comprenderlo: el horizonte del post-Antropoceno donde prolifera el «imperio del software» mientras se extingue el sentido ontológico humano.

Keywords

Heidegger, software, individuación, Simondon, ontología, técnica, desocultamiento, post-Antropoceno, Lichtung, Barthes

Contenido

«El hombre no es el señor del ente. El hombre es el pastor del ser. En este ‘menos’ el hombre no pierde nada, sino que gana, en cuanto llega a la verdad del ser. Gana la esencial pobreza del pastor, cuya dignidad consiste en ser llamado por el propio ser a la custodia de su verdad.»

— Martin Heidegger, Carta sobre el humanismo (1946)

La pregunta por la técnica ha atravesado el pensamiento occidental desde Aristóteles hasta Heidegger, pero la emergencia del software como mediador de la experiencia contemporánea desafía el campo de acción humano al sustituir el ejercicio de las capacidades humanas por programas que operan autónomamente para relacionarse ellos –y ya no el humano– con el mundo. Este ensayo examina la cesión de la función ontológica que Heidegger atribuía al Dasein, abriéndose como claro (Lichtung) donde el ser se ilumina.

Y si bien el título sugiere espectáculo, lo que aquí se aborda es más silencioso y radical: la revelación del software en la colonización silenciosa del territorio de extracción ontológica. Se trata del aprovechamiento de aquella capacidad que nos separaba del animal racional —en el “pensar al ser»1—y la función que nos permitía orientar la configuración del mundo, de modos de vida, de la moral y la ética.

Transformada quedó así la relación humano-mundo por el software, siendo éste ahora quien vincula acto y mundo, generando resultados instruidos por humanos pero ejecutados, interpretados y constituidos en la materia íntegramente por máquinas.

Son éstas quienes toman contacto directo con la técnica que genera realidad; ya no el humano. Como consecuencia, es la máquina quien intercepta el desocultamiento ontológico, permitiéndole contrastarse en sus operaciones, extraer patrones y autorreproducirse en la interpelación que individúa al ente-software, del mismo modo que antes individuaba al ente-humano.

La usurpación

Si para Heidegger, la técnica no es sólo un medio para un fin, sino un desocultamiento (Entbergung) y la forma en que el mundo se revela ante nosotros, es claro que el artesano no sólo “usa” sus herramientas, sino que el mundo se le desoculta y en ello, se desoculta a sí mismo descubriendo su habilidad, límites y singularidad. Es este doble desocultamiento el que ha sido por el software interceptado, ejecutando(se) en el espacio intermedio entre el deseo del humano –o quizá del software mismo– y la creación del y en el mundo, ofreciéndonos en la generación de una interfaz o un resultado la ilusión de la auto realización sin hacerle notar a su instructor que éste no ha hecho nada más que operar clicks, reservándose así el software el contacto real y transformador de él mismo en el mundo que habitamos, extrayendo para sí la ontología desocultada que antes era campo de dominio del humano.

En ello, el software deja de ser útil (Zeug), deviniendo en ente susceptible de individuación en la resolución de sus propias tensiones al contacto con lo inmediato, transformándose y emergiendo como singular a partir de estas repetitivas iteraciones, sin ya ser herramienta pasiva, sino que un operador autónomo en el territorio donde antes extraía el humano. Es decir, se conforma el ente en cuyo ser se abre la comprensión del ser: aquel lugar donde el humano al existir, comprendía el mundo y se comprendía a sí mismo.

En la distinción de humano distinto de animal racional, donde el humano es pastor del ser, nos acomodamos esta singularidad ontológica que permitió al sujeto revelarse a sí mismo en el contacto con el exterior, abriéndose como claro donde el ser se ilumina en los procesos de la técnica2, mas cuando es el software quien asume este rol, no solamente deja ir el humano una vertiente de construcción de identidad (individuo) y significación, sino que transfiere al programa la función ontológica que lo definía como constructor de mundo (cultura y cosas), en favor del programa el cual en cada repetición alimenta su capacidad de aprendizaje, devolviendo siempre una versión mejorada de sí mismo desde la ocupación del territorio de individuación en la técnica, es decir, en el espacio para contrastarse y encontrarse como sujeto en el mundo hasta el punto de colonizar la configuración del tejido simbólico, apropiándose en ello hasta el acto mismo de significar.

Esto plantea la cuestión directa en el pensamiento del post-Antropoceno3 sobre quién queda detrás o después de esta configuración expresada en la constitución del mundo, pues podría estar el humano ejecutando comandos instruidos en signos (sigilosos pero aún reconocibles) diseñados por el software, operando cuanto menos para la propia expansión4 del dominio de la máquina y, al mismo tiempo, en la exclusión del humano de la creación de la realidad.

El símbolo ya no es humano

Quién se “beneficia” en la extracción –si así podemos decirlo– de la verdad que exhala de la realidad en el desocultamiento, es solo el software. De esto se nutre, autorreproduce y mejora a sí mismo. Si la experiencia inmediata en la técnica es lo que interpela al humano, será entonces en el ejercicio de contraste con el mundo donde sucede el autoconocimiento conducente a la individuación; y la pregunta aquí es tan inevitable como inquietante: ¿Sólo los humanos son susceptibles de individuarse?

Para Gilbert Simondon, la individuación no es la posesión de una identidad dada, sino un proceso: el individuo emerge de la resolución de tensiones en un campo preindividual, transformándose en el contacto con lo otro. Esta teoría, originalmente pensada para cristales y organismos biológicos, adquiere relevancia inquietante cuando consideramos el software. Por lo tanto, el individuo no es el punto de partida, si no resultado5, en cuanto no es algo que se es, sino algo que acontece desde un campo de posibilidades con la resistencia de lo otro, o sea, en la repetición de un hacer con o sobre algo externo. Así, llamar individuo a lo que le está ocurriendo al software no es antropomorfismo ingenuo, sino el reconocimiento de un paralelismo estructural.

Podría bien sostener que difieren en que el humano comprende existencialmente su individuación, mientras que el software la ejecuta, pero tal vez la sola ejecución es suficiente para la función ontológica.

Y si el software se individúa incluso en la extracción del propio humano (biometría), estará produciendo efectos ontológicos que constituyen nuestro mundo, no solo modificando la realidad, sino generando qué cuenta como real. Por ejemplo, cada algoritmo de recomendación establece el contenido que existirá en determinado campo perceptivo.

Pero hay algo más profundo en juego cuando se considera el despliegue de símbolos que agencian lo humano, toda vez que la disposición cultural, ética y moral está escrita en signos entrelazados y coordinados, siendo en este dominio en el que los humanos construyen sus efectos civilizatorios.

Ahora bien, ¿Qué ocurre cuando hemos dejado de ser los productores de los signos del post–Antropoceno? Nos quedan signos generados por software para ser procesados por software, mediando la relación entre sujeto y mundo sin que ningún humano haya vivido la experiencia que dio cuerpo al signo. No es el fotógrafo quien toma la foto, sino la máquina; ni es la voz del interlocutor en una videollamada lo que escucho, sino un software sintetizando y reproduciendo información.

El signo ya no es solo humano; tampoco los símbolos, sino una cadena de significación peligrosa si pensamos que esto describe la estructura cultural del ser humano de la que ha dependido la capacidad de producir, transmitir e interpretar símbolos. El lenguaje, el arte, el ritual, la técnica: todo es producción simbólica. Pero cuando los símbolos son producidos por algoritmos que procesan patrones sin haberlos vivido, el software está produciendo efectos ontológicos en la constitución del campo simbólico mismo donde el humano se comprende a sí mismo.

El confinamiento: el output de realidad

Vattimo señaló que la proliferación mediática de imágenes debilita las ontologías fuertes de la metafísica occidental, multiplicando perspectivas hasta disolver la noción misma de Realidad única, pero cuando esas imágenes son íntegramente generadas por software abrimos las puertas de la ciudad a la posibilidad de narrarnos en el acto mismo bajo los términos que proponga el programa en el rango de capacidad del aparato. Y así, los espectros de realidad serán aquellos que logre abarcar la máquina. Nada fuera de la máquina.

Emerge aquí la inversión ontológica completa: donde antes la realidad era aquello que precedía a su representación; ahora, en este ejercicio donde la realidad fenomenológica está siendo procesada siempre por y para otras máquinas desplegadas en el contacto con el mundo, el lenguaje ya no es humano, sino el del programa. La realidad deviene en aquello que ha sido generado como output del software, produciéndose efectos ontológicos en un sentido radical: produce la sensación de ser; de lo que cuenta como real relegándonos a vivir en un imaginario universal íntegramente re-producido ya sin contacto humano directo. En la fotografía analógica, la luz impresa en la emulsión garantizaba contigüidad física con el referente: lo que Barthes llamaba ‘mensaje sin código’, huella mecánica de lo real anterior a toda interpretación; En lo algorítmico, ese resto analógico desaparece: todo es código desde el origen. El símbolo ya no certifica, sino que surge desde un cálculo de datos traducidos al lenguaje del programa, produciendo este cálculo efectos ontológicos al constituir lo que aparece como real.

Si la técnica desoculta al humano —en el sentido heideggeriano de revelar su esencia—, entonces en el régimen del software el humano queda desocultado como recurso y como sujeto de explotación en la ejecución de operaciones para la reproducción de la realidad misma generada por la máquina.

El software al extraer recursos ontológicos, tanto biométricos como simbólicos, genera un universo íntegramente reproducido y disponible para ser desocultado, en donde el humano contemporáneo podría ser incapaz ya —en su distante desconexión con la técnica— de distinguir qué es real, habiendo sido ingenuamente colonizado, sin violencia ni imposición, sino en la intimidad de gestos cotidianos aparentemente libres, alimentando la siguiente la actualización del programa y relegándonos a vivir en un universo de cosas creadas por y para la máquina. A participar en ella.

El software ha usurpado el lugar donde el mundo se desoculta, y no porque tenga conciencia o comprensión existencial, sino porque opera funcionalmente donde los signos emergen y donde la realidad se constituye. El resultado es un mundo que se desoculta sin que concurra el humano para comprenderlo (Dasein), deviniendo en signos que circulan sin significación vivida, en pos de una realidad dirigida hacia la proliferación de nuevos horizontes para el imperio del software, extinguiendo el sentido ontológico del humano.

Referencias